miércoles, 14 de marzo de 2018

Liderazgo con inteligencia emocional

Dado que la sociedad actual le otorga un gran peso a la educación, al conocimiento y al aspecto cognitivo, muchos profesionales son ascendidos a cargos directivos, de supervisión y liderazgo, basándose en su buen desempeño técnico o sus capacidades personales tales como eficacia, disciplina y responsabilidad, que si bien son imprescindibles para la gestión gerencial, no son exclusivamente las únicas que se necesitan.

Más allá de la preparación académica y la experiencia en un área específica, las habilidades emocionales para relacionarse y comunicarse de manera asertiva, constituyen elementos determinantes en el estilo de liderazgo que se pone de manifiesto en el manejo del personal, así como en la armonización de los integrantes de la fuerza laboral y las relaciones interpersonales que se desprendan de su dinámica diaria.

Justamente es frente a estos retos de relaciones e influencias, donde muchos gerentes y coordinadores con personal a su cargo, titubean, por su escasa capacidad de manejar sus propias emociones en la interacción con las diferentes características emocionales y estilos de comunicación de sus trabajadores.

Esta situación los induce a incurrir de forma inconsciente en la repetición de modelos directivos basados en órdenes e imposiciones, cuyos paradigmas son: “el jefe jamás se equivoca”, o “el jefe soy yo”.

Hoy en día, con el auge de la tecnología y el acceso a la información, los equipos de trabajo están más preparados para informar, aportar y proponer nuevas ideas o prácticas laborales. Ello exige un liderazgo con mayor interacción que canalice esas inquietudes, integre, cohesione y negocie estilos de comportamiento bien definidos y los impulse a lograr los objetivos trazados.

Tomando en consideración que estos escenarios no responden a la lógica del pensamiento analítico, los líderes deben poseer una buena dosis de inteligencia emocional que les permita manejar aspectos como la empatía, la flexibilidad y el manejo de su autoridad para el desarrollo del recurso humano, al tiempo que trabajan en la gestión de los procesos para cristalizar las metas de la organización.

El reto para los lideres está en integrar de manera armónica pero efectiva, el pensamiento analítico con la inteligencia emocional entendiendo que son dos dinámicas diferentes: por una parte, el pensamiento analítico es sistemático, ordenado, repetitivo y eficaz, trabaja esencialmente sobre los mismos principios y las soluciones son bastante predecibles, razón por la cual, el pensamiento analítico es muy útil para la planificación, manejo del tiempo y la toma de decisiones.

Y por otra parte, disponer de inteligencia emocional amerita otras habilidades como la flexibilidad, para adaptarse a las diferentes situaciones, la agilidad para mantener el equilibrio ante escenarios que pudiesen resultar inesperados, la observación para detectar sutiles cambios en el lenguaje no verbal y el enfoque apropiado para el desarrollo de buenas relaciones para el logro de objetivos.

Así que si estás al frente de un rol empresarial que exija liderazgo, debes tener en consideración que solo conociendo los altibajos emocionales propios y los de los demás, para entenderlos y “bailar al son emocional” de las personas que conforman tu entorno organizacional, tendrás la oportunidad de salir airoso en las múltiples interrelaciones que demanda la vida laboral de un líder.


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